En marzo de 2026, la inflación energética mensual de América Latina y el Caribe se incrementó drásticamente, al pasar de 0.19% en febrero a 1.42% en marzo, el valor más alto registrado en los últimos doce meses. Este repunte estuvo asociado al impacto del conflicto en Medio Oriente sobre los precios internacionales del petróleo y sus derivados, en un contexto en el que el estrecho de Ormuz —ruta clave para el comercio energético mundial— concentró nuevas tensiones que impulsaron el crudo hasta los USD 116 por barril. Aunque la región cuenta con una matriz energética – eléctrica, altamente renovable, mantiene una dependencia importante de los combustibles fósiles, lo que la hace vulnerable a shocks externos y a la volatilidad de los mercados energéticos internacionales.
El aumento de los combustibles tuvo efectos directos sobre la inflación total, que subió de 0.38% a 0.75% entre febrero y marzo, así como sobre el transporte, la logística y los precios de los alimentos. En promedio, la gasolina aumentó un 15% y el diésel un 21% en la región, aunque el impacto no fue homogéneo entre países, debido a la diversidad de políticas aplicadas para contener el traslado del alza internacional a los consumidores, como subsidios, rebajas impositivas, fondos de estabilización y esquemas de contención parcial.
